IA: Cuando los Números y las Letras tengan precio, ¿Qué harás?*

Cierra los ojos por un momento e imagina esto: Tu hijo necesita ayuda con un poema de Neruda para su tarea escolar, pero acceder al texto completo requiere una suscripción premium. Tu abuela quiere entender por qué funciona su marcapasos, pero la explicación científica está tras un muro de pago. Tú mismo buscas comprender un teorema que podría ayudarte en tu trabajo, pero descubres que el conocimiento matemático básico ahora tiene propietario y debes pagar para estudiarlo y utilizarlo.

 ¿Suena absurdo? Tal vez. ¿Imposible? Para nada.

Estamos caminando silenciosamente hacia un mundo donde las palabras que nos definen como humanidad, y los números que describen nuestra realidad. podrían tener precio y dueño. Un futuro donde el saber —ese regalo que cada generación ha entregado a la siguiente— se convierta en mercancía exclusiva.

 ¿Alfabeto y números de pago? Lo que hoy damos por hecho, mañana puede cambiar.

 Y aquí surge la pregunta que debería quitarnos el sueño:

Esta no es solo una batalla de programadores o de corporaciones tecnológicas peleando por patentes. Es algo mucho más profundo: una lucha por preservar lo que nos hace humanos.

Somos, por naturaleza, una especie que comparte.

Nuestros ancestros pintaron en las cuevas no para ellos solos, sino para las generaciones futuras.

Creamos bibliotecas públicas porque entendimos que el conocimiento compartido nos fortalece a todos.

Construimos un internet que, al menos en sus inicios, democratizó la información como nunca antes en la historia.

Permitir que este legado —fruto de siglos de curiosidad, sacrificio y genio colectivo— sea cercado por unos pocos es traicionar todo lo que hemos sido.

No se trata de estar en contra de la innovación o de negar o apoyar que quienes crean merecen ser reconocidos y recompensados.

Se trata de preguntarnos:

Hace quince años, un adolescente que descargaba un disco de música podía acabar con una demanda millonaria.

Los medios nos bombardeaban con campañas sobre “piratas” que “robaban” a la industria, como si copiar un archivo digital fuera equivalente a asaltar un banco. Recuerdas los titulares: “La piratería destruye la cultura”. La maquinaria legal y política se movía implacable contra toda persona que compartía libros, música o películas.

Ahora, en 2025, vivimos la ironía más brutal de la historia tecnológica.

Mientras aquellos jóvenes eran perseguidos por descargar un PDF o mp3, unas pocas empresas (de Inteligencia Artificial y en nombre del progreso) han robado la totalidad de la producción cultural y científica humana sin consecuencias legales significativas.

Han convertido milenios de conocimiento colectivo en modelos privados y cerrados que nos revenden como “servicios“. Y cuando su IA comete errores o reproduce sesgos, o no reconocen la autoría o simplemente la ignoran, añaden una advertencia: “Verifique esta información con un especialista” o “Estamos mejorando en cada versión”.

La doble vara no podría ser más evidente.

Una persona que escribe en un blog es legalmente responsable de cada palabra. Pero un algoritmo que procesa billones de textos protegidos por derechos de autor y escupe respuestas sin atribución alguna queda exonerado con un simple disclaimer. Si para unos sirve, ¿para el resto también?

Como nos recuerda el investigador LUKE KEMP en su obra fundamental GOLIATH’S CURSE: THE HISTORY AND FUTURE OF SOCIETAL COLLAPSE, esta narrativa sesgada no es nueva.

Durante los primeros 200.000 años de historia humana, los cazadores-recolectores HOMO SAPIENS vivían en civilizaciones fluidas e igualitarias que impedían que cualquier individuo o grupo acumulara poder desproporcionado. Pero cuando estudiamos el pasado, solo vemos palacios, pirámides y escritos: vestigios del 1% de las élites dominantes.

Como señala Kemp: “Juzgamos el colapso histórico basándonos en lo que los arqueólogos han desenterrado”, mientras que el 99% restante de la población —que vivía fuera de las ciudades como recolectores o campesinos— apenas dejó evidencia material.

Esta misma distorsión ocurre hoy: Las voces que escuchamos en el debate sobre IA son las de quienes controlan la tecnología (y el dinero vinculado), no las de quienes serán controlados por ella, y si algo nos llega es con una desproporción enorme.

Imaginemos por un momento que los números y las letras fueran privados. Que el alfabeto tuviera copyright y cada operación matemática requiriera una licencia de uso. ¿Quién podría permitirse aprender a leer? ¿Quién tendría acceso a las matemáticas básicas? Solo una élite minúscula: los más ricos.

Esta analogía no es tan descabellada como parece. Hoy todos aprendemos a leer, escribir y contar porque estos conocimientos se consideran infraestructura básica de la civilización.

Se construyeron como bienes comunes a través de siglos de educación pública, bibliotecas gratuitas y universidades financiadas con fondos públicos.

La alfabetización universal fue una conquista social que democratizó el poder… al menos hasta un punto, porque también lo privado, pagado, también enfatizó los sesgos y diferencias de clase.

La inteligencia artificial generativa representa un punto de inflexión comparable a la invención de la imprenta, pero con una diferencia crucial: mientras GUTENBERG descentralizó el acceso al conocimiento, los grandes modelos de IA lo están centralizando en manos privadas.

Por primera vez en la historia moderna, corremos el riesgo de que las herramientas cognitivas más poderosas de la humanidad sean propiedad exclusiva de unas pocas corporaciones.

Si permitimos que esto suceda, estaremos creando una nueva clase de analfabetos: aquellos que no pueden acceder a las herramientas de procesamiento de información más avanzadas de su época.

La brecha digital se convertiría en un abismo cognitivo infranqueable.

Ya oímos voces diciendo que en pocos años nadie deberá estudiar, la IA lo sabrá todo. IA cerrada y privada. Clases medias y bajas despojadas de conocimientos o motivaciones.

Los sistemas de IA actuales no solo cometen errores técnicos; perpetúan y amplifican sesgos sistémicos que llevamos décadas intentando combatir.

En procesos de contratación, los algoritmos han mostrado consistentemente preferencia por candidatos masculinos, blancos, heterosexuales y de entornos socioeconómicos privilegiados. Cuando una empresa usa IA para filtrar currículums, no está solo automatizando decisiones: está codificando discriminación a escala industrial.

Las implicaciones son devastadoras.

Si los algoritmos de selección favorecen sistemáticamente a graduados de universidades de élite, ¿Qué ocurre con la movilidad social?

Si los sistemas de evaluación crediticia incorporan sesgos raciales y de género, ¿Cómo se perpetúa la exclusión económica?

Los avances en inclusión y diversidad que tanto costaron conquistar pueden desvanecerse en una generación, ocultos tras la aparente objetividad algorítmica.

Peor aún: estos sesgos quedan blindados por el “secreto comercial”.

No puedes apelar una decisión algorítmica si no sabes cómo se tomó. No puedes corregir discriminación que permanece invisible. La IA se convierte así en la herramienta perfecta para institucionalizar la desigualdad sin que parezca intencional.

¿Recuerdas el caso de TIMMIT GEBRU o MARGARET MITCHELL despedidas del grupo de ética en inteligencia artificial de GOOGLE? ¿DONALD TRUMP y su ofensiva contra la IA “woke”?

Y, por supuesto, sin entrar en la tendencia política occidental de eliminar programas de igualdad e inclusión… utilizando cualquier herramienta, incluida la IA.

¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vas a hacer?

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Fecha de Publicación:

Última modificación: 5 de septiembre de 2025

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