La IA, con ChatGPT como figura principal a nivel popular, se ha convertido en un nuevo dios.
Como si fuese una advertencia divina se presenta con un MANTRA, que se invoca, en voz baja y alta, en cualquier medio:
Adopta la IA o desaparece.
Pareciese que si no aceptas la conversión a esta nueva religión se te declarase culpable de cometer todos los pecados habidos y por haber, y un ser transgresor cuyo castigo es el desastre.
Esa consigna se repite en el mundo de la empresa, cual eco recurrente, en informes, conferencias y titulares, de mil maneras: “Aceptamos: somos la salvación”, “Es gratis y te haremos crecer”, “El mundo sólo puede acelerar su evolución si nos utilizas”, “Te hacemos el gigantesco favor de innovar por ti”, “Pon un prompt en tu vida, y podremos sustituir a tu financiero, tu psicólogo, tu amigo, tu asesor, tu eficiencia…”.
Y tú piensas:
¿Y a mí? ¿También me vas a sustituir a mí?
SIMON CHESTERMAN lo presenta perfectamente. Hay dos extremos: la utopía del beneficio universal o el temor distópico de fatalidad existencial.
El pánico corporativo se adueña de miles de negocios en todo el mundo y, bajo esta presión, casi sin darte cuenta, te rindes y ofreces tu recurso más valioso: el ADN corporativo.
Lo que comenzó como promesa de eficiencia se convierte en una cesión masiva de conocimiento, procesos y datos estratégicos hacia cajas negras algorítmicas controladas por un puñado de gigantes tecnológicos.
Lo que se vende como innovación no siempre lo es y, en muchos casos, es una transferencia de soberanía intelectual.
MARIANA MAZZUCATO, profesora en la Economía de Innovación y Valor Público y directora del Instituto para Innovación y Propósito Público en UNIVERSITY COLLEGE LONDON (UCL) y el RM Phillips Chair en Economía de Innovación en la UNIVERSIDAD DE SUSSEX, lo explica en THE BIG CON:
La industria consultora ha perfeccionado la coreografía del miedo empresarial, generando oleadas de dependencia que rara vez priorizan el interés a largo plazo del cliente. El resultado es que compañías de sectores tan diversos como la logística, la abogacía, el turismo o la banca ceden sus manuales de operación a modelos cerrados de IA. Estos sistemas no solo resuelven tareas; también aprenden y acumulan inteligencia estratégica que luego puede volverse contra quienes la aportaron.
La socióloga SHOSHANA ZUBOFF acuñó el término CAPITALISMO DE VIGILANCIA para describir cómo las plataformas extraen datos personales con fines de predicción y control.
Un sistema que no solo nos espía, sino que moldea nuestro comportamiento para maximizar ganancias corporativas.
En el ámbito corporativo, el fenómeno es aún más alarmante: los datos que alimentan a los algoritmos no son simples trazas de consumo, sino la savia misma de la ventaja competitiva:
Una vez absorbidos por el modelo, dejan de ser patrimonio exclusivo de la empresa para convertirse en munición del proveedor tecnológico.
La frontera entre cliente y competidor se difumina.
Según afirma CHESTERMAN, en SILICON SOVEREIGNS:
El debate empresarial se cruza con la filosofía política, donde los gigantes tecnológicos ya no son meros proveedores sino actores geopolíticos capaces de acumular más conocimiento estratégico que muchos Estados.
En estos momentos está desarrollando un análisis sobre INTELIGENCIA ARTIFICIAL, DERECHO INTERNACIONAL Y EL COMPLEJO TECNOLÓGICO-INDUSTRIAL. Entra en el link y podrás reflexionar junto a él y aportar ideas.
Inmediatamente nos viene a la cabeza como el economista JEFFREY SACHS, uno de los principales expertos mundiales en desarrollo económico, macroeconomía global y lucha contra la pobreza, quien describió a los Estados Unidos como una CORPORATOCRACIA en su libro EL PRECIO DE UNA CIVILIZACIÓN.
GLOBAL JUSTICE MOVEMENT acuñó el término como el gobierno de una sociedad en la cual las personas en el poder toman decisiones favorables a las grandes corporaciones en detrimento del pueblo… y viceversa.
Este VÍDEO lo explica.
Puede que más de una persona lo considere una falacia o simplemente ruido conspiracionista, pero podríamos preguntar, y más cual está el mapa de bloques y sus dirigentes, si cabría hacerse estas preguntas:
- ¿Los gobiernos están limitados en capacidad de acción y dependen más del orden privado que del propio orden público que administran?
- ¿Grandes empresas son capaces de definir la agenda política internacional utilizando una fachada de democracia, liberalismo y comercio internacional?
- ¿Se puede diseñar un plan de guerra para favorecer a los contratistas que reconstruirán los países devastados?
- ¿Una empresa tecnológica o la IA pueden influir sobre un resultado electoral?
Las respuestas recuerdan a los escenarios de ciencia ficción de WILLIAM GIBSON o a un juego de rol como SHADOWRUN, publicado en 1989, donde las corporaciones reemplazan a los gobiernos como verdaderos soberanos. La diferencia es que no estamos ante ficción especulativa, sino frente a dinámicas que ya marcan el rumbo de los mercados globales.
CECILIA RIKAP aporta otra pieza esencial en este rompecabezas. En sus estudios sobre COLONIALISMO DIGITAL señala que los países —y, por extensión, las empresas— que entregan su capacidad de aprendizaje a terceros se convierten en colonias tecnológicas. Es decir, proveedores de datos en bruto y consumidores de soluciones empaquetadas.
Nada que nos resulte tan extraño: lo mismo que ocurrió en la era colonial con recursos naturales como el caucho o el azúcar, ocurre hoy con el conocimiento organizativo.
El valor se genera en la periferia, pero se captura en el centro.
KARL POLANYI, en LA GRAN TRANSFORMACIÓN, habló de las “mercancías ficticias”: tierra, trabajo y dinero convertidos en bienes comerciables pese a no haber sido creados con tal propósito.
El know-how corporativo entra hoy en esa categoría.
No nació para ser vendido al mejor postor, sino para servir de ventaja competitiva.
Convertirlo en un ingrediente más para algoritmos externos implica despojarlo de su contexto, de su singularidad, para reducirlo a materia prima intercambiable.
El resultado es un contrato faustiano, o lo que es lo mismo, un PACTO CON EL DIABLO donde se obtiene una productividad inmediata a cambio de dependencia estructural.
La pregunta no es si usar o no usar IA —esa batalla está superada—, sino en qué términos o posición se adopta.
La decisión estratégica crucial es soberanía frente a dependencia.
Si eres una empresa en Canarias que gestiona turismo, una industria manufacturera en India, un startup creativo en Latinoamérica o una consultora europea, te estarás enfrentando al mismo dilema:
¿Estás diseñando tu propio destino tecnológico o una simple inquilina de un algoritmo soberano?
El reto ya no es técnico. Es político, económico y cultural.
La innovación auténtica no consiste en entregar el alma corporativa a cambio de velocidad; consiste en diseñar modelos que fortalezcan la autonomía y preserven la capacidad de decidir.
Esa es la diferencia entre alimentar a un competidor invisible o consolidar un futuro en el que el conocimiento siga siendo propiedad de quienes lo generan.
¿Cuál es el camino que podemos seguir?
Del SaaS al ‘Enshittification’ digital:
El camino hacia la actual fiebre de la Inteligencia Artificial no empezó en 2023, ni con la popularización de los modelos generativos. Su semilla se sembró mucho antes, con la consolidación del modelo SOFTWARE COMO SERVICIO (SAAS).
En su origen, SaaS fue aplaudido como un giro democratizador: Acceso inmediato, pago flexible, actualizaciones sin fricciones…
Para muchas pymes supuso un salto de competitividad.
Pero esa accesibilidad escondía una cara menos visible: la pérdida de soberanía digital.
La propiedad del software dejó de estar en manos de la empresa usuaria. El control del ciclo de vida, de los datos y de la infraestructura se trasladó a un tercero.
En un inicio parecía un intercambio justo, pero con el tiempo se hizo evidente que se trataba de una relación de dependencia estructural.
El escritor y activista CORY DOCTOROW lo describió con precisión quirúrgica bajo el concepto de ENSHITTIFICATION:
Las plataformas atraviesan un ciclo en tres actos: Primero ofrecen valor genuino para atraer a usuarios; luego exprimen a los proveedores o clientes; y finalmente, degradan el servicio para maximizar su rentabilidad. Lo que comenzó como servicio se convierte en un terreno de alquiler donde la empresa nunca podrá construir patrimonio propio.
La llegada de la INTELIGENCIA ARTIFICIAL COMO SERVICIO (AIaaS) lleva esta lógica al extremo:
Ya no se trata de alquilar una herramienta, sino de alimentar con inteligencia propia una mente ajena.
La diferencia es abismal: un SaaS procesa datos; un AIaaS los aprende, los interioriza y los integra en un modelo que refuerza la ventaja del proveedor.
Cada interacción con estas plataformas es una transferencia invisible de know-how.
Este cambio multiplica la vulnerabilidad.
CECILIA RIKAP advierte que la externalización masiva de capacidades digitales convierte a países enteros en colonias tecnológicas, exportadores de datos e importadores de soluciones cerradas.
A nivel empresarial, la dinámica es idéntica: compañías que aportan su ADN estratégico a sistemas que luego podrán usarlo como materia prima para competir contra ellas mismas.
El mecanismo se vuelve aún más perverso cuando entra en juego la capa de intermediación.
Una pyme canaria, por ejemplo, puede creer que contrata una solución “personalizada” de una consultora local o un startup en la India, pero en realidad esa solución reposa sobre APIs de gigantes que ya hemos mencionado en otros posts, como OPEN AI, GOOGLE GEMINI o META.
El flujo de conocimiento termina en los mismos servidores de siempre, solo que con un intermediario en medio que disfraza la dependencia.
Aquí surge una pregunta estratégica que separa a quienes sobreviven de quienes quedan atrapados.
Repetimos pregunta:
¿Estamos alquilando una herramienta o estamos cediendo el alma de nuestra empresa?
La antropóloga JENNAFER SHAE ROBERTS, en sus trabajos sobre soberanía de datos indígenas, propone un conjunto de marcas éticas, los principios CARE (CREA en español), que suponen un marco revelador para el mundo corporativo:
- Colectivo
- Autoridad
- Responsabilidad
- Ética
Trasladados al ámbito empresarial, implican recuperar la autoridad sobre los datos, garantizar la responsabilidad en su uso y tratar el conocimiento corporativo, no como materia prima explotable, sino como un recurso vital que debe gestionarse con ética y propósito colectivo.
La tensión entre ser meros arrendatarios digitales de infraestructuras opacas, o reclamar un lugar como propietarios soberanos de la inteligencia que se genera, debe resolverse.
La primera opción promete velocidad inmediata, pero cimenta dependencia a largo plazo; la segunda exige inversión y paciencia, pero asegura autonomía estratégica.
El SaaS fue el prólogo.
El AIaaS es el capítulo donde la dependencia deja de ser un inconveniente operativo y se convierte en un punto de no retorno.
El juego ya no es tecnológico: es existencial.
Quien controla la inteligencia controla el futuro de la empresa.
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